Día 8

Me gustan las noches de finales de agosto. Camino por la calle protegido por el anonimato de la gran ciudad. El excesivo calor de los meses anteriores ya no azota mi cuerpo perfecto. No es extraño ver gente con una camisa de manga larga. La gente no se asombra al verlo. Es bueno para mí porque puedo llevar un cuchillo oculto más fácilmente.

Por supuesto no voy hasta el bar a ver la exposición de pintura. No quiero ni imaginarme a un grupo de tipos haciéndose los entendidos, opinando acerca de un montón de brochazos verdes sobre un fondo azul. Imagino sus comentarios: “eso simboliza el alma del pintor sobre el mar. Adora el mar”. ¿Qué mierda es esa? El puto pintor limpió en ese lienzo sus pinceles y de paso vomitó en una esquina. Algún gilipollas decidió que era grandioso y ahora el cuadro está colgado en la pared de un bar con una etiqueta que pone “Esperanza sobre el mar, 600 euros”.

Paseo por las calles cercanas a la casa de Lorena. Espero. Paseo. Espero. Son las dos de la mañana de un día de diario. No hay nadie por la calle. Está oscuro. La veo a lo lejos. Ella también me ve a mi. La veo sonreír. Desde lejos me hace una señal y acelera el paso. Viene hacia mí. Dejo que se aproxime. Se acerca. Me mira a los ojos y me abraza. Me da un beso. Siento algo especial cuando me besa. Me gusta. Ahora sé que tengo que acabar con ella cuanto antes. No puedo cometer ningún error. Nos dirigimos hacia su casa. Me está contando cosas de los cuadros de la exposición. Me da igual. Cállate. No quiero saber nada de ti ni de la maldita exposición de mierda.

Pasamos delante de un garaje. La empujo hacia dentro. La agarro con fuerza y la beso. Con mi mano izquierda subo su falda y empiezo a tocarla. Ella gime de placer.

–¿Me lo vas a hacer aquí mismo? ¿No aguantas hasta casa?

–Te lo voy a hacer en todas partes.

Sonríe y gime. Tiene los ojos vidriosos. Le gusta. A esas alturas mi mano derecha sujeta el cuchillo. La sigo tocando con mis dedos. Me acerco a ella. Gime de placer. Meto dos dedos en su asqueroso coño. Gime un poco más. Gime por el placer que surge del deseo concedido. Clavo mi cuchillo en su costado. Sus ojos se abren mucho. Saco mis manos de su sucias bragas y tapo su boca. Vuelvo a clavar el cuchillo. Siento la sangre caliente fluir por mi mano derecha. Me aparto un poco para no mancharme. Cae al suelo. Sigue viva. Sigue mirándome. Mi mano sigue tapando su boca. Vuelvo a clavar el cuchillo en su corazón mientras, con voz suave recito:

“Débil mortal no te asuste

mi oscuridad ni mi nombre;

en mi seno encuentra el hombre

un término a su pesar.

Yo, compasiva, te ofrezco

lejos del mundo un asilo,

donde a mi sombra tranquilo

para siempre duerma en paz.”