Día 34

Después de dos días de confirmación de la estupidez humana en Barcelona, vuelvo a casa. El contacto con gente de otras ciudades me apoya en la idea de que Madrid no es esta la única zona del mundo donde la raza pierde cada vez más la identidad ganada tras miles de años de evolución. Es una mal endémico, generalizado, de nivel mundial.

En el tren de regreso llevo conmigo varios periódicos de tirada nacional. Leo toda la información relativa al último asesinato. La prensa, y al parecer la policía también, está convencida de que el autor es el mismo que en las anteriores ocasiones. “El crimen, acontecido en un céntrico barrio de la capital, suma una nueva víctima inocente al ya de por sí gran número de fallecidos y pone de relieve la presencia de un asesino entre nosotros. Y sin embargo nadie mueve un dedo para solucionarlo”, comenta un político de la oposición en una entrevista. Patético. No tienen ni idea de lo que hablan. Empiezan a emplear mi obra como acto publicitario. Joder. No han entendido nada. Nunca serán capaces de entender nada.

Tras leer todos los artículos relacionados cierro los periódicos. Permanezco callado, con los ojos cerrados. Necesito pensar. Quiero imaginar que se trata sólo de una casualidad, pero algo dentro de mí me hace creer que no es así. Ese último asesinato, tan parecido a los míos, me pone nervioso. Creo que se trata de un reto. Alguien quiere decirme algo. Lo sé, lo intuyo.

Recuerdo la llamada del inspector. Sonrío pensando en su voz incrédula cuando supo de mi viaje, de mi estancia en Barcelona durante los acontecimientos. Dentro de unos días tengo una cita con el juez que lleva este caso. No tienen ninguna prueba contra mí, y esto último echa por tierra todas las expectativas de mi querido policía. Aún así no sé si debería alegrarme ante las circunstancias.

El tren avanza rápido, atravesando los campos de esta España medio moribunda, irreconocible ya, tras tantos años de gestión mediocre, imbecilidad nacional y estupidez redomada. Por fin llegamos al destino. Lo primero que hago al llegar a casa es llamar a Marta. Estoy deseando verla. Vivimos cerca, así que decidimos vernos. Quedamos en un bar cercano. La cuento mi viaje, hablo sobre mis aburridas reuniones y las ganas que tenía de verla. Ella habla sobre su día en el trabajo. Después me comenta algo del asesinato. Está asustada. Toda la ciudad está atemorizada ante la perspectiva de que un loco ande suelto por ahí.

Hablamos de eso durante un rato. Ella quiere saber mi opinión. Me vuelve a preguntar por Lorena. Vuelvo a explicarle que entre ella y yo no había una relación tan seria como la gente piensa. Tiene miedo. Marta tiene miedo, por ella, por el niño, por mí. La digo que no debe temer por nada, y menos por mí. No nos pasará nada. El problema, pienso, es que yo también me estoy empezando a asustar.