Día 42

De copas. La empresa ha tenido una genial idea hoy: invitar a sus empleados a una gran comida y después llevarlos de copas por Madrid. Tengo que pasar un montón de horas rodeado de estos tipos grises, monótonos, angustiados. Una reunión social de empresa. Una demostración más de lo triste que puede resultar el ser humano en determinadas circunstancias. En la mayoría de circunstancias.

Algunos, los más astutos, consiguen escaparse con algunas tretas que me dejan asombrado. Ponen excusas como ir al médico o que su mujer está enferma. Joder, uno ha dicho que tiene al perro solo en casa. Yo, sin embargo, iré. No podría inventar una excusa tan mala como la del perro de mi compañero. Tendré que aguantarles.

Varios de los empleados, o más bien debería decir acólitos de los jefes, no han dejado de sonreír desde que llegáramos al restaurante. Es bastante penoso verles arrastrados por el suelo, sobre el fango, intentando conseguir la aceptación, el beneplácito, de sus superiores. “Llegarás lejos en esta empresa”, le afirma un subdirector a un pobre currante lameculos. La pena ha sido ver la cara del lameculos, su sonrisa de satisfacción, su aire de poder, desde el momento en el que ha sido bendecido con tan altas palabras.

No recibo ningún tipo de arenga inspiradora para mi vida. Mi cabeza está bastante alejada de este entorno. Algunos de mis compañeros aún piensan que mi comportamiento, raro para ellos, se debe al doloroso golpe sufrido tras la muerte de Lorena. Nadie sabe lo de mi encarcelamiento temporal. Todos piensan que fue una gripe lo que me mantuvo en cama durante tres días. Miro alrededor. Cerca de mí hay un par de chicas guapas, de esas con cuerpos preciosos. Toda la empresa ha soñado con tirárselas alguna vez. La mayoría de mis compañeros se masturban pensando en ellas. Tienen fantasías en las que se las follan en una sala de reuniones vacía, o incluso en el ascensor. Algunos hasta te lo cuentan. Ellas nunca hablan de ese modo, pero sus mentes también imaginan sexo con sus compañeros. Supongo que la humanidad jamás podrá desprenderse de su ascendencia simia.

Después de la comida nos dirigimos a un bar, a tomar alguna copa. Allí, de pie, se forman varios grupos de conversación. Yo hablo con tres de mis compañeros más allegados. Tonterías, gilipolleces. Las dos guapas están rodeadas de varios tipos, casi ya borrachos. La escena es patética. Una de ellas es nueva y varios de ellos intentan hacerse los graciosos. Me ponen enfermo.

Miro hacia otro lado. Allí la escena no mejora. Los jefes beben grandes copas mientras sonríen con satisfacción. Se creen superiores. Alguno de ellos habla por el móvil. “Sí cariño sí, luego te veo en casa. Te quiero”, oigo decir a uno de ellos que lleva todo el rato mirando las tetas a su secretaria.

Ninguna de las conversaciones me interesa lo más mínimo. Estoy a punto de irme. De repente, en la conversación de al lado, oigo algo interesante. “¿Habéis oído la noticia? El tipo que estaba en coma ha despertado”. Lo está diciendo uno del departamento de informática. Esa gente suele pasarse el día navegando por páginas, aburridos, esperando que ocurra algo interesante. Seguramente será verdad. Mierda.

Decido despedirme de mis compañeros e irme. Tengo que pensar qué hacer. Debería ir al hospital y acabar con él definitivamente. Pero no sé en qué hospital está. Creo que la noticia que leí no lo decía. Tendré que buscar esa información. Llego a mi casa dispuesto a buscar en Internet todo lo necesario. Dentro de mi casa vuelvo a ver un sobre cerrado en el suelo, junto a la puerta. Lo abro. En su interior sólo hay escrito el nombre de un hospital y un número de habitación. Judas hace sus deberes mejor que yo, por lo que veo.