Día 24

Un sonido estridente me saca del sueño profundo. Abro los ojos y golpeo el despertador esperando que alguno de los botones pare ese maldito sonido. Creo que he dormido dos horas. Anoche no pude conciliar el sueño. Estoy agotado. Aterrorizado. La idea de estar equivocado martillea mi cabeza como si fuera un yunque. Salgo de la cama y me dirijo al espejo del cuarto de baño. Quiero ver mi cara. Quiero observar la perfección que me tranquilizará durante el resto del día. Pero lo que observo es aún peor que el día anterior. Es el horror personificado en un rostro cansado, ojeroso, desesperado. Rabia. La rabia se apodera de mi cuerpo. No puedo evitarlo. Enfurecido golpeo el espejo con mi puño cerrado. Cruje bajo mis nudillos. Un chorro de sangre comienza a fluir resbalando en una línea recta hasta la repisa de cristal. Aprieto el puño contra el espejo haciendo más fuerza con mi brazo hasta que un dolor agudo me hace retirar los dedos ensangrentados. Decenas de diminutos cristales agujerean la que hasta ahora era una piel perfecta, tersa y suave. Me estoy pudriendo.

Decido ir al trabajo en mi coche. Está aparcado junto a la furgoneta que he empleado alguna vez para limpiar este mundo. No tengo ganas de ver la cara de nadie, pero tengo que seguir fingiendo que soy como ellos. Con sus mismos problemas y defectos. Mientras conduzco, por mi cabeza vuelve a aparecer la mujer que vi en el parque. Preciosa. Guapa. Parecía una persona culta. O por lo menos sabía leer. Es mucho más de lo que la mayoría de la gente podría decir. Estoy rodeado de patanes incultos que no saben leer, hablar, pensar.

Paso algo más de una hora metido en mi lata motorizada, encerrado en un atasco. Miro hacia todas partes, veo sus caras. Algunos hablan por el teléfono móvil. Esos me dan más asco que los demás. Prefiero a ese tipo con cara de gilipollas cantando canciones de la radio antes que al encorbatado del BMW, que no puede esperar media hora en sus gestiones laborales. Es primordial que hable por su móvil de 600 euros a las ocho y media de la mañana. Seguramente, si no lo hace, su mundo desaparecerá bajo sus pies. Esa llamada es su vida, su puta y maldita vida. Desde mi asiento puedo ver un anillo dorado en su mano. Seguramente esté casado. Lo imagino hablando con su mujer, de estilo de vida semejante. Los imagino follando por la noche, en su cama gigante. Él pensando en su nueva secretaria y ella pensando en su profesor de tenis. Después se dicen que se quieren, como quien responde a un “buenos días”. Entonces cada uno se va a un lado de la cama, porque cada uno tiene su parcela de la cama, y no se rozan en el resto de la noche.

Antes de llegar al trabajo un pensamiento vuelve a mi cabeza. La mujer del parque. Decido que esta tarde iré a correr por allí. No tengo muy claro por qué, pero me apetece verla. Espero que esté por allí. Espero también una llamada del inspector. Estoy convencido de que cree que soy un maldito asesino. Seguro que piensa que yo maté a la chica de la tienda de flores. Espero su llamada, señor inspector. Me lo prometió.