Día 40

No ver una nota en el buzón me ha sacado de mis casillas. Ese maldito Judas ha conseguido desesperarme hoy. Marta no quiere verme, por lo menos en una temporada. Es increíble. No puedo saber por qué. Supongo que han ocurrido demasiadas cosas en poco tiempo. Ella debe cuidar de su vida, de su hijo. Yo debo empezar a cuidar de mí.

Salgo a la calle. Hace varias horas que la noche ha caído sobre la ciudad, pero estoy seguro de que él anda por aquí. Tiene que estar bastante cerca. Sabe todos mis movimientos. Se anticipa a ellos. Creo que me vigila constantemente. Hoy no caeré en la misma trampa. Voy completamente desarmado. Creo que mis manos serán suficientes. Confío en mí. Soy un tipo fuerte, fornido. Lo ahogaré con mis propios dedos. Miraré sus ojos cuando su vida se consuma y le susurraré cuando llegue su final. Mi voz será lo ultimo que oirá. Esa es mi venganza.

Camino por las callejuelas de mi barrio. A estas horas soy un hombre solitario dando un paseo. Me cruzo con pocas personas. Las intento mirar a la cara, escrutar sus rostros a medida que pasan junto a mí. Sé que sabré reconocer al traidor cuando le vea.

El tiempo pasa rápido. Continúo mi búsqueda. Cada minuto que pasa la calle se vacía de la poca gente que había. Sigo caminando, sumido en mis pensamientos. No puedo quitar su imagen de mi cabeza: Marta. Siento cada vez más rabia contenida dentro de mí. Espero el momento que explote. Deseo que toda mi ira salga cuando esté frente a Judas. La idea de ir sin ninguna protección cruza mi cabeza fugazmente. Sé que él irá armado. Sé que puedo acabar aquí, esta noche. También sé que puedo liberarme por fin de esta carga y continuar con mi obligación.

Ya no queda nadie por las calles. Miro mi reloj. Son casi las dos de la madrugada de un día de diario. La cuidad duerme por completo. Quizá me he equivocado. Tal vez hoy no lo veré. Decido tomar el camino que me llevará a casa. Iré despacio. No tengo miedo. Camino lentamente. Un paso. Otro paso. Mis pies marcan el ritmo lento de mi respiración. Tras una esquina aparece un hombre. Lleva una chaqueta y las manos metidas en los bolsillos. Mi cuerpo reacciona inmediatamente. Comienzo a respirar más rápido. No puedo evitar que mi corazón comience a latir con más fuerza. Estoy casi a su altura. Se dirige directo hacia mí. Le veo sacar algo del bolsillo. Creo que es un objeto metálico, aunque no puedo distinguirlo con claridad. No pienso nada más. Me lanzo sobre él y golpeo su cara con mi puño. Oigo un pequeño alarido saliendo de su garganta. Ambos caemos al suelo. Golpeo su cara sin parar, una y otra vez. No me detengo. Golpeo. Golpeo. Agarro su cabeza y la estrello contra la acera. Repito varias veces este movimiento. Un charco de sangre comienza a salir de su cráneo. No oigo ningún gemido ni queja. Me detengo. Lo miro. Busco su mano con mi mirada. Espero encontrar una navaja, o un cuchillo. Veo algo plateado. Lo cojo. Un precioso mechero de gasolina. Tiene una inscripción. Mierda. Me levanto. Busco alrededor. No hay nadie. Salgo de la escena lo más rápido posible. ¿Era él? Guardo el encendedor en mi bolsillo. El botín.

Mientras me alejo en dirección a mi casa pienso en la posibilidad de que fuera él. Quizá lo era. Quizá mi reacción violenta lo cogió desprevenido. Estoy cerca de casa. De repente siento un dolor agudo en la pierna izquierda. Una sombra se desvanece. Todo ocurre rápido. A lo lejos veo una figura correr. Intento salir en su busca pero me derrumbo. Miro mi pierna. Sangra. Tengo un corte profundo en el lateral del muslo. Casi no puedo andar. Me levando, apoyado en un coche. Cojeo hasta mi casa. Noto la sangre resbalando por mi pierna.

Llego al portal. Debo subir y curarme la herida. Paso junto a los buzones. No es el mejor momento para mirar el correo pero sé que debo hacerlo. Miro. Ahí está su maldita nota. Decido subir a casa y leerla cuando esté dentro. Lo primero que hago es curar la herida. Es perfecta. No ha cortado ninguna parte vital. Aplico desinfectante y un fuerte vendaje sobre la herida. Me dolerá varios días, pero no me puedo permitir acudir a un hospital. No ahora mismo y él lo sabe. Tomo la nota y la leo: «Un recuerdo para mi maestro». Arrugo la nota y la lanzo contra la pared. Es la primera vez que tengo miedo.