Día 35

Los acontecimientos se suceden como eslabones de una cadena frágil, fina, delicada. Tengo la sensación de que toda mi vida se puede romper en cualquier instante. Una circunstancia da paso a otra, como la ficha de dominó que cae por efecto de otra, eternamente, sin poder hacer nada para evitarlo. No puedo parar ese flujo de sucesos, que me desborda hasta apoderarse de mi vida por completo. Ahora mismo ya no soy dueño de mi vida, ni de mis actos. No controlo mi futuro, no puedo cambiar el pasado, y el presente se convierte en futuro tan rápido que mi “ahora” ya está obsoleto.

Han pasado algunos días desde que escribí por última vez en este diario. No he tenido demasiado tiempo para mí. Casi no he podido ver a Marta esta semana. Estoy nervioso. Duermo poco por las noches. Alguien pretende manipular mi vida. Descubriré quién pretende hacerlo y seré yo quien manipule su vida. Su muerte.

La cita con el juez fue rara. Allí estaba el inspector, mi querido inspector. Había también varias personas más que yo no conocía. Se me informó de que podía asistir allí con abogado. Renuncié a ello. Me hicieron varias preguntas sobre mi relación con Lorena. También me preguntaron acerca del resto de chicas. Noté sus miradas clavadas en mí. No era oficialmente un juicio pero yo sabía que me estaban juzgando… A mí. Por supuesto nada de lo que les dije podría haberme metido en líos. No existía ninguna prueba real que pudiera señalarme. El inspector ya no estaba tan seguro de mi culpabilidad. Ni siquiera yo estaba seguro de ser culpable de algo.

Pasé en esa sala un par de horas. La tensión del ambiente, las expresiones frías de sus rostros, las miradas acusadoras, las acusaciones sin mirarme, sus preguntas, mis contestaciones meditadas: la justicia injusta de este mundo.

Cuando salí de los juzgados era casi de noche. Estaba bastante lejos de mi casa y no me apetecía compartir el transporte hasta allí. Decidí ir en taxi. De camino pude pensar en todo lo que estaba ocurriendo en mi vida. ¿Quién era ese nuevo asesino? ¿Por qué ahora? Seguía pensando en él cuando llegué a mi casa. En el buzón pude ver algunas cartas. Había varias facturas y algo de propaganda. Mientras subía en el ascensor hasta mi piso, un sobre, sin dirección ni remite, llamó mi atención. Al principio lo había pasado por alto, imaginando que era propaganda. Pero un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando, al revisar por segunda vez toda la correspondencia, vi aquel sobre blanco, inmaculado. Lo abrí lentamente, temeroso. En su interior sólo pude encontrar un papel doblado por la mitad, una nota escrita a mano, con tinta roja y en letras mayúsculas. El corazón latió con fuerza, acelerado, cuando leí el contenido del escrito: “¿Superará el discípulo al maestro?”

Permanecí varios segundos, o tal vez minutos, en pié, junto a la puerta del ascensor, callado, pálido mi rostro, según pudo afirmar el vecino que me sacó de ese estado con sus palabras.

–Tiene usted mala cara. ¿Pasa algo? Está usted blanco –comentó.

–No, nada. Creí haber olvidado algo importante –mentí con una sonrisa forzada en mi rostro, mientras dirigía mis pasos hasta la puerta de mi casa, aterrado.